Hay
veces que la oscuridad decide anidar en nuestro interior y por más
que intentas expulsarla no puedes, comienza a formar parte de ti, te
hace cambiar hasta tal punto que ni siquiera tu mismo puedes
reconocerte.
Yo
vivía en el numero 6 de la calle Cervantes, tendría unos 12 años
cuando conocí a Rose, aquella niña tan risueña de cabellos negros
que acababa de mudarse a la casa de enfrente.
Eramos
casi de la misma edad, ella algo más joven creo recordar,
congeniamos enseguida.
Solíamos
jugar al escondite en su enorme jardín, yo no tenia muchos amigos
por aquella época, era una persona algo solitaria, pero Rose supo
como acercarse a mí, nunca he visto una persona tan positiva y
alegre como aquella niña risueña.
Al
poco de mudarse, Rose celebró su fiesta de cumpleaños, yo tenia
dudas de si ir, me daba miedo el estar con tantas personas
desconocidas, ¿y si no les caía bien?, ¿y si me apartaban? Pero me
decidí a ir... para mi sorpresa los asistentes fueron los padres de
Rose y ella unicamente, a pesar de ello la niña no parecía nada
triste, yo le regalé uno de mis walkie talkie, y a partir de esa
noche y durante todas las demás siempre, desde nuestras respectivas
habitaciones, conversábamos largo rato hasta que el sueño nos
vencía.
Por
desgracia el padre de Rose enfermó, le diagnosticaron pocos meses de
vida, la enfermedad acabó postrandole en cama, su mujer cayó en una
profunda depresión, lo atendía día y noche, las ojeras, la
delgadez, la palidez...hicieron mella en ella...
Rose
leía libros para su padre e intentaba hacer reír a su madre, pero
el dolor de él era tan agudo, que con la medicación pasaba la mayor
parte del día sedado, y a su madre ya no le quedaban fuerzas para
sonreír.
Nuestras
quedadas fueron desapareciendo al igual que nuestros juegos, Rose ya
no sentía ánimos por jugar conmigo, aún añoro esas tardes jugando
al escondite, aun así ella hacia un esfuerzo por sonreír.
Lo
que me consolaba de todo aquello es que aun conservábamos aquellas
charlas nocturnas, aunque más apagadas y cortas que al principio.
Dos
meses más tarde del diagnostico de los médicos Rose empezó a
contarme cosas extrañas, no las recuerdo todas, solo algunas, decía
que se sentía mal por no poder ayudar a sus padres, decía que se
sentía sola, fría, oscura...
yo
era demasiado joven para comprender, solo intentaba animarla, pero
sin mucho éxito.
Aquella
fatídica noche Rose contactó conmigo por walkie talkie, parecía
emocionada, recuerdo que me incorporé en la cama frotándome los
ojos, pues ya llevaba rato en el mundo de los sueños, nunca olvidaré
esa corta conversación, la ultima que tuve con ella. Exaltada me
contó que había encontrado la solución, que sabia como hacer que
sus padres dejasen de sufrir, me dijo que la oscuridad que dormía en
su interior le había dado la solución y que tenia que verme. Yo no
entendí muy bien aquellas palabras, pero me puse las zapatillas y
fui hasta su jardín, en cuanto me vio, salió corriendo del porche a
encontrarse conmigo, yo me quedé inmóvil, helado, el rostro de Rose
y su pijama de felpa estaban cubiertos de sangre, en su mano sostenía
un gran cuchillo de cocina, retrocedí dos pasos espantado y mis
únicas palabras fueron “¿que has hecho?” Rose sonrió y me dijo
que había hecho que sus padres dejasen de sufrir y que nosotros
teníamos que hacer lo mismo para ser felices, para que la tristeza o
el dolor nunca nos alcanzase, yo no podía dejar de mirar ese rostro
pálido cubierto de sangre y esa sonrisa en su boca.
Rose
extendió su mano y agarró mi muñeca suavemente, noté la humedad
de la sangre y mi única respuesta fue “NO” mientras la empujaba
y veía como caía en el césped... nuestras miradas se sostuvieron
apenas unos segundos, Rose ya no sonreía, yo volví corriendo a mi
casa y me lavé la sangre de la muñeca, estaba horrorizado, me metí
en la cama y me tapé hasta la cabeza sin poder conciliar el sueño.
A
la mañana siguiente la policía encontró los cadáveres del
matrimonio degollados en sus respectivas camas y a Rose tendida en el
jardín, se había degollado a si misma.
Ya
han pasado muchos años desde aquel suceso, pero aun hoy cuando me
asomo a la ventana, puedo ver a Rose, mirándome, desde la ventana de
su habitación, tan seria como el día en que la empujé y la
abandoné, pero no tengo miedo, sé que no esta enfadada conmigo,
echamos de menos nuestros juegos y conversaciones, aunque todas las
noches el walkie talkie, que aun conservo junto a mi cama, se
enciende y unos extraños sonidos salen de él, sé que es Rose
dándome las buenas noches.

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